Jordi Estape a corazón abierto

Jordi Estapé, el primer catedrático de Oncología, escaló en la profesión desde lo más bajo y haciendo guardias

Un camino con más espinas que rosas
El primer catedrático de Oncología Clínica que ha habido en España, el catalán Jordi Estapé, es un ejemplo más de que la formación y el ejercicio de la medicina no es precisamente un camino de rosas. Le costó mucho estudiar la carrera y, al acabarla, empezó desde lo más bajo. Las guardias le permitieron estar formándose hasta muy mayor en la especialidad que más le gustaba y, de paso, mantener a su mujer y sus cinco hijos. Una vida sacrificada que hoy relata con orgullo.

¿Qué recuerdo tiene de Portbou?
-Allí me engendraron. Su mar tiene el agua más verde del mundo. El paisaje es muy salvaje. Tiene un cementerio precioso, sobre un acantilado, pero cuando sopla la tramontana en los entierros tienen que dejar los ataúdes en el suelo y salir corriendo para no caer abajo.

Es hijo de una familia muy humilde.
-Mi padre era un frustrado porque, valiendo como valía, no pudo estudiar a causa de la pobreza. Ahorró como un loco para que sus hijos pudiésemos hacerlo.

Parece que lo aprovecharon: usted es el primer catedrático de Oncología Médica de España, y su hermano, también catedrático, es el famoso economista y abogado Fabián Estapé. ¿Qué recuerda de su infancia?
-Mi padre, que era hijo de un pescador de Badalona que dejó de faenar a causa de unas cataratas, trabajaba en la Renfe y por eso fue destinado a Portbou. Mi madre era vasca, hija de un juez de paz trasladado también a esa población de la costa gerundense. Mi madre era una mujer muy inteligente que se hizo maestra y ejerció en Portbou. Eramos tres hermanos: Fabián, Mariángeles -también maestra- y yo, que creo que nací por casualidad, cuando mi madre ya tenía 40 años.

¿Cómo se arreglaron para costear los estudios de los tres?
-Mi padre fue un héroe. Era el final de la guerra, un periodo de muchas dificultades, y él tenía un sueldo muy pequeño. Iba a pie a trabajar para ahorrar. Fue una vida de sacrificio que pagó mi madre, que se vio en la necesidad de rebajar mucho su nivel social. Ella protestaba, era una mujer muy inteligente que se pasaba la vida fregando. Decía: "¿qué sentido tiene esto?". Poco a poco las cosas se fueron arreglando y yo ya pude estudiar en un colegio de pago en Barcelona.

Siendo usted y su hermano Fabián dos jóvenes brillantes, ¿competían?
-Mi hermano tiene una personalidad arrolladora. Cuando comenzó a estudiar Derecho era muy brillante, mientras que yo estaba en plena depresión del bachillerato y cada vez me gustaba menos estudiar. "¿No ves a tu hermano?", me insistía mi padre, que siempre se había identificado mucho con él.

¿Por qué optó por la Medicina?
-Tengo que reconocer que yo fui un mal estudiante de Medicina. Entré sin grandes convicciones. Tenía muchas dudas entre Medicina y Derecho, que era lo que estudiaba mi hermano, y quizá por eso me decanté por la medicina. Estudiar de memoria me costaba mucho y en lugar de sacar la carrera en seis años lo hice en ocho. Cuando me quedaban dos o tres asignaturas estuve a punto de dejarlo.

¿Cómo era la Facultad de Medicina de la Universidad de Barcelona en aquella época?
-No había casi mujeres y las únicas que había se ponían delante de todo en las clases para no mezclarse con los chicos.

¿Quienes eran sus mejores compañeros?
-Josep Oriol Esteve, que era de Badalona como mi padre y se hizo psiquiatra; Carmen Ferrán, hematóloga; Pere Riera, ginecólogo... Pasamos fatal la época de la disección de cadáveres, con muchas acciones macabras para defendernos de la idea de la muerte. Los catedráticos eran bastante dictadores, no podíamos hablar ni preguntar.

¿Es en esa época cuando conoció a su esposa?
-La conocí en 1957. Era íntima amiga de la novia de Esteve y las dos estudiaban Derecho, por lo que empezamos a salir los cuatro juntos. Ella vio que yo no podía acabar la carrera, y se preocupaba porque, siendo como soy más de izquierdas que de derechas, me metía en asuntos como una huelga de tranvías. Recuerdo que pasábamos muchas tardes en los jardines del Turó Park estudiando.

¿Y la boda?
-Nos casamos a los dos años. Como hice milicias navales -soy teniente de Infantería de Marina, como mi hermano- el viaje de novios en Ribas de Fresser lo cambiamos por una larga estancia en San Fernando de Cádiz, donde estuve ejerciendo de médico. Fue maravilloso, allí engendramos a nuestro primer hijo, Jordi.

¿Cómo estaba el mercado de trabajo a su vuelta a Barcelona?
-Era casi imposible poder ejercer de médico sin ser hijo de uno. Cogí una plaza de médico de pueblo, en Sant Sadurní d´Anoia, donde aprendí los secretos del cava y de la medicina directa. La labor de médico de pueblo es muy dura: estás solo y de guardia las 24 horas del día y haces de todo. Allí se estilaba mucho invitar a una copa al médico después de la visita a domicilio y no era extraño tomar 20 a lo largo del día. ¡Suerte que me avisó el farmacéutico!

¿Y de allí?
-Cuando se acabó el contrato pedí una plaza en la Seguridad Social en Sabadell o Tarrasa, donde vivía una tía de mi mujer, y, mientras, me salió un trabajo en un pueblo más pequeño todavía. Allí vivimos 80 días, pero muy felices. Finalmente fuimos a Tarrasa, a ejercer de médico de la Seguridad Social y a hacer guardias en la Mutua, donde estuve viviendo hasta que encontré una vivienda asequible y pude traer a mi mujer y mis dos hijos.

Las dificultades hacen fuerte y usted parece un buen ejemplo.
-Pues sí, siempre había dicho que me gustaba la docencia y que quería ser catedrático y me iba preparando. Lo mejor del caso es que mi mujer me creía. Tenía vocación por el cáncer, me intrigaba mucho. Me hice amigo del doctor Andreu Fresnadillo, que murió hace poco de cáncer, y él fue el que me informó de unas becas en el Hospital de San Pablo para estudiar oncología. Me presenté y saqué una beca. Pagaban 2.500 pesetas al mes y yo ya tenía cuatro hijos y el quinto en camino.


¿Cómo se las arregló entonces?
-Cogí atención domiciliaria en la Seguridad Social, de cinco de la tarde a nueve de la mañana, para poder estar durante el día en el Hospital de San Pablo. Era un calvario, viajando de Tarrasa a Barcelona y viceversa, con el glorioso Seat 600 de la época, pero logré consolidarme como médico en el San Pablo. Antoni Subías, jefe de servicio de oncología, me dio por aquel entonces la alegría de mi vida cuando me dijo que yo podía llegar a ser un buen docente. "Tírese a fondo", me dijo.

¿Recuerda su primer contacto con Ciril Rozman, al que considera su maestro?
-Por aquella época impartía clases de oncología en la Universidad Autónoma y había coincidido con él en congresos y reuniones. Me dirigí a él para hacer el primer ensayo sobre quimioterapia en estadios avanzados de enfermedad de Hodgking y lo aceptó. Así hicimos el primer estudio cooperativo de oncología en España. Tratar con él me impresionó mucho. Era un hombre muy duro pero no dejó que nadie más que yo firmase el primero en aquel trabajo. En 1972 coincidimos en una mesa redonda en Madrid, que moderaba él. Yo estaba de ponente. Fue cuando hablamos de la posibilidad de que yo trabajase con él, que tenía una plaza libre en su equipo del Hospital Clínico.

Pero usted no es hematólogo...
-No, yo me sentía oncólogo y por eso pedí crear una sección de oncología con los criterios modernos que adquirí de Gustave Roussy, de París, una de las primeras figuras de la oncología mundial en aquel momento, con el que pasé un año, aunque yo ya era muy mayor y ya estaba formado.

¿A qué tipo de oncología aspiraba?
-A una con un sentido multidisciplinario, en la que un comité de expertos de diferentes disciplinas coordinado por un oncólogo revisa todos los casos. Así la creamos finalmente en el Clínico.

¿Cómo se llevaba con Rozman?
-Lo adopté como maestro, como punto de referencia. Lo quiero muchísimo, es una gran persona, que tiene una mente muy clara. Nunca me ha fallado. Recuerdo que cuando murió mi padre vino al entierro y aproveché para revelarle mi ambición de ser catedrático. Tardé ocho años en lograrlo pero lo conseguí en 1982.

¿A quiénes considera sus principales competidores en la especialidad?
-Posiblemente al crear una cosa nueva no hay sentido de competencia. Creé el grupo cooperativo para el estudio de las hemopatías malignas, que he presidido durante 20 años y con el que logramos extender los mejores y más modernos tratamientos por toda España.

Cíteme a algunos de sus mejores alumnos.
-Recuerdo a Montserrat Daniels, que murió de cáncer de intestino y era una persona extraordinaria. Conseguí que la aceptasen sin título en el Clínico, algo de lo que nadie se arrepintió nunca porque fue una joya para el centro. También quiero destacar a Begoña Mellado, una gran investigadora que continúa en el Clínico, y a Juan José Grau, un adjunto del mismo centro al que quiero mucho.

Volvamos a su familia: con cinco hijos, supongo que su mujer no pudo ejercer de abogado.
-Acabó la carrera pero es cierto que alguien tenía que quedarse con los hijos. Quedamos en que cuando la pequeña tuviese 7 u 8 años ella volvería a trabajar fuera de casa, y así lo hizo; hoy aún trabaja en la Generalitat.

¿Con qué colegas se relaciona?
-No soy persona de ir a actos sociales ni de cultivar las amistades. Tengo bastante conmigo mismo y con los míos.

Fue el primer representante español de la especialidad ante la Unión Europea. ¿Cómo fue eso?
-Mi relación internacional comenzó en 1982, cuando me nombraron delegado de la OMS en oncología. Cuando España estaba a punto de entrar en la Unión Europea recibí el encargo del ministro Fernández Ordóñez de representar a España en el programa Europa contra el cáncer, un cargo en el que fui nombrado por Ernest Lluch. Fue impresionante, uno de los periodos más felices de mi vida profesional. Había un representante por cada uno de los 12 estados que entonces formaban parte y creamos un programa de prevención, diagnóstico, formación e investigación. Hicimos cosas como el Código Europeo contra el Cáncer. Fue una época gloriosa, le dieron prioridad política al programa y entonces tuvimos contactos con varios jefes de Estado. Me impresionó mucho la visita a Margaret Thatcher en el 10 de Downing Street, y la que le hicimos a Bettino Craxi justo el mismo día en que dimitía. Recuerdo a Thatcher vestida de ama de casa diciendo: "¿Quiénes son estos caballeros?, como si no supiese a qué íbamos. Le hablamos muy mal del tabaco y ella le restó importancia. Después lo entendimos todo: ella tiene intereses en ese mercado. El más agradable, a juicio de todos los que formábamos parte del comité, fue Felipe González. Nos dio un discurso en la Moncloa sobre el cáncer realmente impresionante. Creo que debería volverse a poner en marcha ese programa.

Se ha dedicado al cáncer y también lo ha sufrido en su familia.
-He tenido varios casos en la familia. Mi hermana, por ejemplo, que era una gran fumadora, murió de cáncer de pulmón. Un caso fulminante. Mi familia tiene la costumbre de venir a morir a mi casa. Es precioso. Cuando murió mi hermana pusimos el Réquiem de Mozart. Fue impresionante. Recuerdo especialmente cómo mi hermana valoraba en aquellos momentos la proximidad de mis nietos. Los niños la molestaban, jugaban a su lado y poniéndole cosas por encima, pero a ella le gustaba. Era como si quisiera contagiarse de vida.

(Estapé en este punto de la entrevista está muy emocionado. Le damos un respiro antes de seguir).
Supongo que usted sí sabe cómo hay que comunicar a un paciente esa enfermedad.
-Ese es un asunto vital en la especialidad. Hay encuestas que demuestran que la comunicación y la información al paciente es pésima. Mejorarlo es uno de los objetivos de la fundación que dirijo (Fundación Mariantonia Tous Carbó de Educación Pública y Formación Oncológica Continuada). No estoy de acuerdo con el modelo americano de informar de todo. Eso es medicina defensiva. En el sur de Europa hay hospitales que también lo hacen sin un soporte psicológico y eso no se puede hacer. La OMS dice que el paciente tiene derecho a conocer su enfermedad y a no conocerla. Hay que valorar al paciente y ver qué es lo mejor para él, hablando con su familia. También hay que dar siempre esperanzas.

¿Qué piensa de los cuidados paliativos?
-Gracias a los cuidados paliativos se atiende mejor a los pacientes, con el tratamiento del dolor. Yo defendí implantarlos en el Clínico pero llevados por oncólogos, porque los cuidados paliativos tienen que ser una extensión de la oncología médica. Tampoco creo que deban ser unidades independientes, con especialistas en cuidados paliativos. No veo claro eso de separar físicamente a los pacientes incurables de los curables. De todas formas, sigo pensando que lo mejor es morir en casa, en la intimidad y rodeado de los que te quieren. Mi madre también murió en mi casa.

En la fundación que dirige le ayuda su hija Tania, psicóloga clínica. ¿Y sus otros hijos?
-Jordi y Sergi son periodistas; Víctor, músico, y Ariadna, médico, que no pudo hacer el MIR a causa de una enfermedad en los huesos y ahora se prepara para dedicarse a la gestión hospitalaria. Cuento con todos ellos siempre que tengo oportunidad.

¿Qué me dice de sus seis nietos?
-Es un amor diferente. Te da solidez. Además, para los nietos tienes más tiempo y no tienes la responsabilidad de su educación. Intentas jugar con ellos, con paciencia, y te dejas hacer. Los nietos son lo más importante de mi vida ahora. Los domingos los tengo a todos y uno de los nietos se queda a dormir todos los sábados por la noche. Vivimos en Les Fonts de Tarrasa, en una casa con un jardín muy grande que en su día compramos tirada de precio. Ahora toda la parte de delante del terreno es propiedad de mis nietos. Se han construido una barraca y tienen también una balsa con peces, tan bien hecha que incluso cuenta con dos bombas que depuran continuamente el agua. Es la gloria


Como en la gloria

El catedrático Jordi Estapé da fe de lo sacrificado que es estudiar medicina y luego dedicarse a ella pero también de que con tesón y grandes dosis de esfuerzo es posible ir subiendo peldaño a peldaño y llegar muy alto.

Es un hombre enérgico, con mucho carácter, que habla rápido y va al grano. Es un lujo escucharle hablar de su vida personal y profesional desde que ejercía de médico de pueblo hasta que, como representante de España en el programa Europa contra el cáncer, se entrevistó con varios jefes de Estado, entre ellos Margaret Tatcher, con la que discutió, sin demasiado éxito, acerca de los nocivos efectos del tabaco.

Ha consagrado la mejor parte de su vida profesional a la asistencia, la docencia y el estudio del cáncer, una enfermedad que también ha sufrido en su familia que, según ha dicho muy emocionado, tiene la costumbre de morir en su casa.

Estapé no ejerce en la actualidad de oncólogo. Ahora está volcado en la docencia, a través de su cátedra de la Universidad de Barcelona, la coordinación de formación continuada en el Instituto de Enfermedades Hemato-Oncológicas del Hospital Clínico y la Escuela Europea de Oncología. También aprovecha sus conocimientos y su experiencia para ayudar a grupos de afectados por el cáncer por medio de la fundación que dirige, en la que cuenta con la ayuda de su hija Tania, psicóloga clínica.

Sin embargo, a pesar de esta aún intensa actividad profesional, Estapé asegura que donde se encuentra realmente en la gloria es en su casa los domingos, días en los que reúne a sus hijos y nietos.